miércoles, 19 de agosto de 2009

COLUMNA

Política Jueves.
¡Guerra Santa!
Víctor Andrés Ponce

El cardenal Cipriani le ha lanzado un manotazo al padre Marco Arana denunciando su voluntad de incursionar en la política. Por su lado, el cura emplazado le ha enviado el vuelto argumentando que el arzobispo de Lima no tiene autoridad sobre su ejercicio sacerdotal. Las cenizas que dejan las disputas entre una derecha e izquierda católicas se encienden otra vez. Si a esto le sumamos los codazos por la administración de la Universidad Católica, es evidente que las guerras santas se han vuelto endémicas. El cura Arana está más cerca de Evo Morales y Hugo Chávez que de monseñor Cipriani. Y el propio arzobispo de Lima está más cerca del vicepresidente Luis Giampietri que de cualquier sacerdote zurdo. Durante el último 'Baguazo’, algunos curas de esa región de la selva y sus voceros no parecían hombres de Dios: lanzaban comunicados que denunciaban masacres y exterminios de nativos. Hoy, queda claro que los hombres sagrados mentían sin sonrojarse. En todos estos golpes de sotanas, Dios es dejado de lado y la influencia del catolicismo se adelgaza demasiado.Desde los años sesenta hasta inicios de los ochenta, la izquierda católica, con sus intentos de entreverar las barbas de Cristo y las de Marx, copó la iglesia latinoamericana y los resultados fueron inevitables: el Vaticano contempló cómo la sólida feligresía tradicional abandonaba los templos y se pasaban en masa a las corrientes protestantes. Hoy, en el Perú, el avance de las confesiones evangélicas es tan macizo que ya debemos hablar de varias versiones del cristianismo. La cosa es tan seria que el Parlamento del Perú, quizá uno de los países de más poderosa herencia contrarreformista, acaba de sancionar la ley de igualdad religiosa. El problema del catolicismo es su tendencia al extremismo y su fervor por la autoridad. La consolidación de los intereses terrestres del marxismo en las parroquias desencadenó una reacción conservadora mundial. La jerarquía eclesial del Vaticano se lanzó a quemar preservativos, a estigmatizar a los homosexuales, a atrincherarse en el celibato medieval y a negar el sacerdocio a las mujeres. Se alejó de la esencia libertaria del mensaje de Cristo y, tarde o temprano, enfrentará otra reforma planetaria. Las paredes del Vaticano volverán a crujir con nuevos luteros y calvinos.La voluntad profana del padre Arana de incursionar en política, una voluntad tan acerada que, inclusive, deja entrever la posibilidad de abandonar el sacerdocio, revela que lo sagrado es accesorio para algunos curas. En todo caso, la verdad asoma como una gigantesca cordillera. El cristianismo se liberará de autoridades y radicalismos y volverá a sus prácticas primigenias: la preeminencia de lo local y la libertad de interpretare lmensaje bíblico. Arana no destruye a la derecha católica, erosiona a toda la jerarquía eclesial.

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